Periódico Digital de República Dominicana

¿TV dominicana? No, gracias

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Por: José Luis Taveras

12 de diciembre de 2019

Cuando visito cualquier ciudad del mundo contemplo callado su rutina. En ese ejercicio, ya ritual, procuro tres testimonios que en pocos minutos me informan sobre la educación de su gente. Esos atisbos son el tránsito, el aseo urbano y el contenido de sus medios. Si esos cuadros dan buenas señales, lo demás resultará de observaciones más depuradas. Me quedo con el último factor porque ver televisión en la República Dominicana es una experiencia pedagógica.

La televisión dominicana atraviesa por su peor crisis. La producción de contenidos toca piso. Y, ¡cuidado!, no todo es culpa de la competencia de otras plataformas como internet, las redes o el streaming, como suele argüirse. Hay otras causas en el relato. Una de las más trasversales es la concentración de grandes medios en pocas manos. Y no me refiero a aquellos canales UHF (ultra high frequency) que han masificado la programación de cable con ofertas patéticamente malas; hablo de los medios punteros en alcance, rating, publicidad y contenido; esos que fueron dominantes en la era dorada de la televisión abierta.

El mercado de esos medios tiene dos tipos de operadores: los que los utilizan para fortalecer las influencias públicas de su conglomerado empresarial y los que los usan para explotar su poder político y derivar de ello negocios con los gobiernos. Más que un fin de renta, el control de medios es una estrategia de poder y en nuestro mercado esa razón tiene carácter de dogma. Bajo sus premisas se hace una televisión pobremente creativa, insustancial y de frágiles conexiones sociales. Ello es debido a que cuando los principales medios están tan concentrados no se activa una competencia fuerte basada en contenidos. Entonces la audiencia tiene que conformarse con lo que le den o migrar a ofertas alternas de la televisión internacional, y eso es lo que ha estado haciendo.

Por otro lado, la producción televisiva ha visto elevar sus costes en desventaja con las realizaciones para las redes que, aunque baratas y artesanales, son más cercanas, globales e interactivas. Esto ha empujado a los grandes consorcios televisivos a desmontar una pesada estructura de gastos y cambiarla por contenidos “enlatados” cuyos derechos no representan ni un treinta por ciento de los costes de producción propia, pero esas emisiones tienen su handicap: compiten en condiciones desiguales con una avalancha de series, programas y producciones ofertados a través de las plataformas streaming (Netflix y grandes cadenas, entre otras).

La internet ha aplastado a la televisión; ahora le corresponde a esta reinventarse y competir en variedad de oferta y calidad de contenido, aunque suponga mayores inversiones porque en definitiva sus emisiones siguen siendo la principal fuente de referencia o abasto de las redes sociales y de los canales multimedios. Esa ha sido la respuesta que en el mercado internacional han dado las grandes plantas mientras compiten ferozmente por los horarios prime time.

El modelo de televisión basado en entretención popular es la muestra más sensible de esa decadencia. Con solo cuatro excepciones, según mi criterio, los programas diarios o semanales de variedades revelan la forma más repentista e inorgánica de comunicar. Esa televisión responde a formatos ya cansados; es mala, predecible y deformadora por definición. No construye ni afirma razonamiento crítico ni agrega valor social; al contrario, recicla carencias. Es inculta y vulgar; un barato carrusel de liviandades faranduleras. Cuando no alienta la explotación de la mujer como producto del mercado de las imágenes, entrona la levedad como valor cultural. Esa televisión es responsable de afirmar nuevos patrones de prostitución convirtiendo en “figuras” a pobres muchachas de barrio que, como maniquíes animados, se mueven al compás de un ruido urbano mientras las cámaras trepan por sus caderas para avivar el decaído apetito de viejos adinerados que terminan convertidos en sus “templos”. Lo penoso es no que se les paga: tal vez una comisión por la publicidad que ellas mismas gestionan, casi siempre por intercambio, y que cae como gotas de suero a las cuentas de la producción. La verdadera retribución es la oportunidad de cotizar un buen “enganche” (la palabra es de su jerga). A cambio, deben tolerar los acosos de los ejecutivos, las vejaciones de sus competidoras o el escarnio público por la inconciencia de sus propias escaseces.

Otra expresión de la prostitución mediática es la política, esa que penetra la llamada “comunicación de opinión”. La televisión está poblada de esos tarantines, con ofertas que no varían mucho en formato. Esos “programas” en su mayoría son sustentados por publicidad gubernamental, lo que hace más surrealista el suplicio. De pronto te das cuenta de que el espacio es pura fachada y que se mantiene con nuestros impuestos.

Pero no todo es mediocre; aparecen episódicamente programas boutique, verdaderas ofertas de lujo que dirigen los grandes del negocio de la opinión política. Son los magnates del periodismo de quilates, esos que no se molestan con minucias; con los que hay negociar paquetes publicitarios, contratas, comisiones y cargos. Son soberbios y petulantes. Se les ve en las giras presidenciales, en hoteles de cinco estrellas, levantando copas espumantes. Son los estrategas de las grandes tramas políticas, los que limpiamente hacen los juegos sucios sin arrugarse ni sentir culpas.

El cuadro se enrarece cuando las escasas producciones hechas con criterio quedan a merced de la autocensura como arma del poder para sojuzgar la disidencia. Son los que sufren los recortes de horario, presupuestos y cuentas publicitarias en una lucha de sobrevivencia cada vez más recia. Otros, para mantenerse, se ven obligados a banalizar su contenido conforme a los referentes vigentes.

Ya lo he dicho: antes de salir, la información pasa por redes cada vez más finas de disección. Quien decide lo que se emite o publica, al final de cuentas, no siempre es el comunicador, el periodista o el medio, son los intereses que los costean. Esa realidad constriñe severamente la libertad para informar e impone la autocensura como premisa tácita y siniestra de un ejercicio informativo cada vez más decadente. Lo siento, sigo con Netflix.

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