Periódico Digital de República Dominicana

Mi Amigo Alberto Beltrán

Alberto Beltrán
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Alberto Beltrán («Tiburón») se había dado a conocer en las calles de Ciudad Trujillo como simpático dulcero

Por: José Manuel Del Castillo y Pichardo

En los días felices de mi niñez, cuando regresaba a diario del Colegio De La Salle en la guagua 5/3 que conducía Trigo, al filo del mediodía, encontraba en casa de mi abuela Emilia Sardá Piantini (Trinitaria 4) la espléndida rutina musical del programa De Fiesta con la Sonora, que se transmitía, inmancable, por la sancarleña La Voz del Trópico propiedad de Joaquín Custals. Desfile refrescante de voces, ritmos y sonoridades, que atenuaba los efectos somníferos provocados por la canícula meridiana en este Trópico inclemente de humedad pegajosa. 

El estilo señorial de Leo Marini se intercalaba con las interpretaciones de Bienvenido Granda -el Bigote que canta-, del barranquillero Nelson Pinedo («Me voy pa’ La Habana y no vuelvo más/ que el amor de Carmela me va a matar»), el boricua Daniel Santos -el Inquieto Anacobero del Tíbiri Tábara, quien no había visto a Linda o decía adiós a los muchachos cuando se fueron a la guerra de Corea. La secuencia daba paso al flaco afinado Celio González y a la inconfundible Celia Cruz, con sus guarachas azucaradas, la Burundanga, su Juancito Trucupey y guaguancós salpimentosos. «Pinar del Río que linda eres».

Una voz metálica, nasal, a ratos amuchachada, con un fraseo suelto que se movía desde el pregón callejero hasta alcanzar el tono sensiblemente evocador, inundaba con su presencia las calles amables del San Carlos de los años 50. Era la voz de Beltrán, que se regaba como viento fresco, salida de las bocinas de los Philips, los RCA o los Telefunken, acompañando la ingesta patriótica de arroz, habichuela y carne. 

Haciendo contrapunto a las trompetas vibrantes de Calixto Leicea y Pedro Knigth y al piano rítmico de Lino Frías en la legendaria Sonora Matancera, con los temas emblemáticos de Luis Kalaff (Aunque me cueste la vida), Cuto Estévez (Todo me gusta de ti) y Reyes Alfau (El 19). En las noches o en los fines de semana, la vellonera del colmado bar de Mañiñí González o las viejas Victrolas caseras, sonaban hasta el cansancio éstos y otros hitos, como el merengue El Negrito del Batey de Héctor J. Díaz y Medardo Guzmán, cuya lírica contagiosa ha rodado por el mundo como símbolo de la dominicanidad, emulando al Compadre Pedro Juan orquestado por Alberti.

Alberto Beltrán («Tiburón«)

Alberto Beltrán («Tiburón«) se había dado a conocer en las calles de Ciudad Trujillo como simpático dulcero, cantando a lo Daniel Santos y bailando con su balay blanco en la cabeza, acompañándose rítmicamente de una campanita. Haciendo figuras y «bembeteando con la chemba», a fin de atraer al público que se deleitaba con el espectáculo y saboreaba los manjares de bizcochos «borrachos» bermellones, piñonates, bolitas amarillas de piña o marrones de tamarindo azucaradas, dulces de batata, cocadas coloreadas, masitas, jalaos y tarticos de guayaba de la Dulcería Mickey. 

Eran los años 40 y el bailarín dulcero pregonaba: «Llevo de a uno/ Llevo de a dos/ El dulce bueno/ a chelito/ lo llevo yo». Con el paso del tiempo, esta figura del folklore urbano tendió a desaparecer. «Las paleteras tumbaron a las bateas», me dijo nostálgica una señora que conoció a Beltrán en su fase dulcera, al grado que la paila artesanal casera dio paso a las surtidoras de golosinas industrializadas. María la Turca -¡Dios la tenga en su dulce gloria!- mantuvo el estandarte pailero en la calle Restauración y en la cuesta de la José Reyes. Abuelas amables como mi vieja Emilia hicieron lo propio en sus hogares hacendosos.

Conforme a mis amigos más antiguos, el inicio de la carrera de Beltrán le debió mucho a presentaciones artísticas que organizaba en el desaparecido Teatro Julia de la José Trujillo Valdez (hoy Duarte), el inolvidable don Paco Escribano, «archipámpano de la risa y rey de la carcajada». Así como a los programas humorísticos y musicales en vivo transmitidos desde la emisora HIZ por éste, quien sería propietario de La Voz de la Alegría ubicada en Villa Duarte. 

Y sin dudas, a la mano amiga de J. Arismendi Trujillo Molina (Petán), quien quedó impresionado con su actuación en un programa de aficionados en octubre de 1946 en La Voz del Yuna (renombrada La Voz Dominicana). Contratado en exclusiva por la empresa, realizó estudios en la Escuela de Canto de dicha emisora con profesores argentinos como el tenor Carlos Crespo y el pianista Vlady Silva, debutando profesionalmente en 1947.

En entrevista concedida en 1948, Amancio Beltrán (cuyo nombre artístico cambió al de Alberto, a iniciativa del poeta y locutor Héctor J. Díaz) refería: «Me he empeñado en contribuir a difundir nuestra música, dando a conocer a nuestros compositores, que en realidad nada tienen que envidiar a los mejores extranjeros. Tengo buen repertorio de producciones dominicanas y entre los autores nacionales son mis favoritos Luis Kalaff, José Jiménez Belén, Bullumba Landestoy y Radhamés Reyes.”

Continuaba Beltrán: “De los de fuera admiro a Agustín Lara, Osvaldo Farrés y Avelino Muñoz. Mi gran ambición es viajar, visitar otros países, no para darme a conocer sino para que aprecien nuestra música. Poner en alto el pabellón artístico de la República hasta en los más apartados rincones de América a través del fuego cadencioso del merengue como ritmo pasional de la canción criolla».

Comenta Torres Tejeda que, junto a Beltrán, surgieron voces como las de Jesús Faneytte, Lita Sánchez, Elenita Santos y Gerónimo Pellerano. Según su registro de memoria, entre las primeras grabaciones de Beltrán figuran el bolero Bendito amor de Bienvenido Brens y el bolero mambo Hasta cuando de Babín Echavarría, en disco de 78 rpm. El sueño de trotamundos de «Tiburón» se haría realidad en 1954, cuando fue autorizado a viajar a Cuba a probar suerte en ese mercado, acogido allí por su amigo Tirso Guerrero, el versátil Negro Plebe dominicano ya establecido en La Habana.

Alberto Beltrán, Celia Cruz, Domingo Granata y Rogelio Martínez en Bogotá (Colombia)

Reclutado por la popularísima Sonora Matancera que realizaba sus presentaciones en vivo en Radio Progreso, Beltrán grabó con esta agrupación varios números que llevó en su portafolio desde Santo Domingo, todos con arreglos del maestro Radhamés Reyes Alfau.

El historiador y coleccionista de la música cubana Cristóbal Díaz Ayala afirma que «no hay ningún otro cantante de la Sonora que, con tan pocas grabaciones, ocho, haya hecho un impacto tan grande». En efecto, el bolero Aunque me cueste la vida de la autoría de Luis Kalaff, se convertiría en uno de los mayores hits en el devenir de la agrupación, al grado que sería grabado nueva vez en 1955, con Beltrán en una de las caras del disco y Celia Cruz en la otra, interpretando ésta Contestación a Aunque me cueste la vida, tema del cubano Laíto Sureda. 

El gran Pedro Infante, ese mismo año, le puso alas de bolero ranchera al tema de Kalaff con las cuerdas espléndidas del Mariachi Vargas de Tecalitlán, dando título a todo un LP de la Peer de México, cuando el gallo cantor enloquecía con su timbre vocal y su refrescante gracia actoral a los públicos hispanoamericanos que le seguían en el cine, la radio y el disco.

Con la Sonora Matancera registró también Beltrán El Negrito del Batey de Díaz y Guzmán, Todo me gusta de ti de Estévez, Ignoro tu existencia de Pablo de la Mota, Te miro a ti de Julio César Bodden, Enamorado de Pepo Balcácer y El 19 de Reyes Alfau. Con un conjunto dirigido por Fellito Parra, Cuando vuelvas conmigo de Luis Kalaff, Siempre con mi cariño de Felito Gómez y Nuevas Ansias de Reyes Alfau. 

Con el acompañamiento del Conjunto Casino, llevó al cilindro fonográfico Mantecaditodel tenor Jesús Faneytte, El Muñeco de la Ciudad de Adrián Pérez, Vuélveme a quererde Mario Álvarez, Baila la rumba sabrosa de Mario Hernández, Desventura del trompetista radicado en Venezuela Porfi Jiménez -quien me fuera presentado por Solano en el Centro León de Santiago-, Te doy mi amor y La amanezca de Reyes Alfau. Todo me gusta de ti de Estévez, la guaracha El Vale José de Beltrán (alusiva a un bebedor de Carta Real), Ama a quien te ama de Babín Echavarría y el merengue Dolorita registrado por Alberti.

En 1958, en la fase de esplendor de la Billo’s Caracas Boys, Beltrán vocalizo el LP Evocación, con este tema de Papa Molina -hoy un standard consagrado de nuestra bolerística- encabezando los cortes. El álbum incluye Enamorado, de Pepo Balcácer, Ven y Paraíso Soñado de Sánchez Acosta, Gozando la vida de Kalaff, Fiesta Cibaeña y A Tu Lado de Reyes Alfau, Maybá de Diógenes Silva y (La Cruz dePalo Bonito de Ricardo Rico.

En los finales de la década del 60, me encontré con Beltrán en Santiago de Chile, «buscándosela», cantando en el Bim Bam Bum, un céntrico cabaret muy frecuentado por la bohemia santiaguina. De vacaciones de invierno en Buenos Aires, me tropecé en Lavalle de nuevo con Beltrán, «majareteando contratos” -me dijo. En los inicios de los 70, paseando por la Gran Vía de Madrid, de regreso de París y Moscú, para mi sorpresa, un negro con jockey sentado en el bulevar del Café Manila se me pareció a Beltrán. Corto de vista, me acerqué al objetivo: efectivamente era «Tiburón«, quien me estampó una amplia sonrisa, blanca dental, rodeada de bigote. Me senté a platicar con él. Esa noche, gracias a su gentileza al obsequiarme unas entradas, acudí acompañado de una amiga madrileña al Latino, una boite donde actuaba este inagotable trotamundos.

En San Juan, Nueva York, Miami, me encontré en otras ocasiones con Alberto Beltrán. Pero la última vez que nos vimos fue en Santo Domingo, a mediados de los 80, en un bar de la 27 de Febrero donde me hallaba compartiendo con unos amigos universitarios. En un reservado, una familia celebraba fiesta privada y había invitado al cantante a que le acompañara.

Me sorprendió la frescura, limpieza y fuerza de su potente voz. Su sonoridad desparpajada, al mejor estilo de aquella Sonora de los años 50, repleta de metales vibrantes y de la magia de un piano diestro y liviano, de teclado rítmico, me llegó muy hondo. Como de costumbre, le pedí que cantara Ven, de mi querido Manuel Sánchez Acosta. Siempre ha sido -desde que lo escuché en mis años inocentes de infancia- la forma más ingenua, barata y romántica de viajar a París.

José del Castillo Pichardo, ensayista e historiador. Escribe sobre historia económica y cultural, elecciones, política y migraciones. Académico y consultor. Un contertulio que conversa con el tiempo.